20 ene 2010

Fuga

(Basado ligeramente en hechos reales)

En un día como hoy, hace cuatro meses, nos conocimos. Fue furtivo, trivial, y aunque vi algo en el brillo de tus ojos aquella noche, jamás pensé volverte a ver.
En un día como hoy, hace tres meses, nos volvimos a ver. Como si el destino hubiese maquinado para re-encontrarnos, en una tarde me ofreciste consuelo. Y al final del día, obtuve más que eso, algo que jamás habría esperado.
Y en un par de días más, nos volvimos a encontrar. Desde ese momento, quedamos enlazados, y hasta ahora no nos hemos vuelto a separar. Psicológicamente, claro, Porque físicamente, no podemos estar totalmente juntos, por ahora.

Con el pasar de los meses, nos hemos ido conociendo. Cada vez con más confianza, superando los obstáculos que el diaro vivir nos ha impuesto. Que no han sido pocos, por cierto. Y hemos tenido más de algún altercado, eso lo sabemos perfectamente. Pero hemos logrado salir adelante, ¿verdad? Claro que sí.
A veces, hay cosas que tenemos que saber controlar, y otras veces nos dejamos llevar por nuestras emociones. Siempre me he sentido bastante frío de cabeza en cuanto a mi toma de decisiones. Sin embargo, aquella vez me comentaste...

"Quiero que huyamos. Fuguémosnos, amor."

Y me quedaron dando vuelta tus palabras. Siempre me has hablado de lo incómoda que te sientes en tu hogar, de lo mucho que quieres largarte, y de que te molesta que tu familia intervenga en lo nuestro... honestamente, trato de aprender a vivir con ello, para bien de ambos. Pero, ese día...

"Huyamos."

Tus ojos brillaban. No supe qué decirte, pero en ese momento quise huir, para pensarlo bien. Me gusta pensar las cosas antes de actuar, pero en ese momento no fui capaz. Tus ojos, tu mirada... algo me hizo convencer que lo que me decías era urgente, era real. Era un riesgo latente, algo podía pasar. Lo mejor que podíamos hacer era huir... Tenías razón, en ese momento lo creí.

Pasó una semana, y lo planeamos. Debíamos huir, no solo del hogar, sino de la ciudad. Si nos encontraban, correríamos un riesgo inmenso. Jamás nos veríamos de nuevo. Lo sabíamos, pero aún así nos arriesgamos. Y así juntamos nuestros pesos, todo el dinero que pudimos conseguir, y compramos los pasajes. Un viaje de noche en bus, perfecto para escapar, así sería difícil que nos encuentren. Guardamos algo de ropa para el camino, y decidimos buscar en qué trabajar una vez llegado a destino. Allá buscaríamos donde hospedarnos. Allá encontraríamos comida, dinero y éxito. Nunca supimos exactamente cómo, pero estaba todo claro en nuestras mentes. O mejor dicho, nos nublamos y creímos saber que así sería, en realidad, jamás tuvimos algo seguro. Y aún así, confiamos el uno en el otro, y escapamos.

Al día siguiente, llegamos felices y emocionados, por la aventura que se desenvolvía ante nosotros. Podríamos explorar a nuestro gusto, y podríamos hospedarnos un par de días con el dinero que nos quedó. Aún así, necesitaríamos un trabajo estable para subsistir. No importó haber abandonado los estudios, no importó la falta de experiencia o de edad. Era nuestra meta, y la ibamos a cumplir, fuese como fuese.
Conseguimos hospedaje, conseguimos trabajo, todo iba bien.

"Ahora soy feliz, contigo."

Esas palabras hacían levantarme cada día con más ímpetu, con más ánimo. Trabajar más duro, para que pudieramos vivir más cómodos. Más felices, y juntos. Porque al fin y al cabo eso era lo que importaba, ¿verdad? Claro que sí.

Y así pasaron tres meses más...

Ya no teníamos trabajo, ya no teníamos hospedaje. Sufríamos hambre cada día, aguantábamos el frío cada noche. Jamás volvimos a saber de nuestras familias, a estas alturas ya nos deben haber dado por muertos. De seguro se pelearon, echándose la culpa los unos a los otros sobre nuestro escape. Parece que causamos más problemas de los que solucionamos, y a final de cuentas, moriremos de todas maneras. Jamás había estado tan delgado, y tú jamás habías estado tan triste en el tiempo que estuvimos juntos. Te alegraba que estuvieramos juntos, pero las condiciones eran horribles.

"Amor, tengo mucha hambre."

Tu voz siempre lograba calmarme, inducirme un estado de semi-inconciencia. Obedecía cualquier orden que me dieras al oído en un susurro, pero ahora era distinto. No era un capricho o un jugueteo, era un llamado desesperado para tratar de sobrevivir. Era algo que necesitábamos. Y así, decidí hacer algo arriesgado.

"Espérame afuera, no me tardo. En cuanto me veas salir, corre conmigo. Deberemos huir una vez más."

Y así, entré al local. Era un supermercado bastante grande, lleno de gente, apenas podía caminar entre el tumulto. Avancé hasta llegar al pan, llené una bolsa. Pasé al pasillo de los lácteos, saqué algo de queso. También llevé leche, todo en un canasto. Eso era suficiente por ahora, y sería bastante alimenticio. Me acerqué a una caja, miré de reojo a la cajera. Mientras un chico guardaba mis productos en una bolsa, yo fingía buscar dinero en mi bolsillo. Y en cuanto supe que la bolsa estaba lista, corrí. Le quité la bolsa al empaquetador de las manos, y aceleré hacia la salida. Dos guardias me vieron, pero no eran tan ágiles como para alcanzarme. Los evadí, y llegué a la salida. Tomé tu mano.

"Corre, y no mires hacia atrás."

Corrimos, pero nos encontraron. Aparentemente, los guardias dieron aviso de mi pequeño crimen a un policía que se encontraba rondando la zona. Era mucho más ágil que los guardias, pues estaba a punto de alcanzarnos. En eso, rompí la regla, y miré hacia atrás. Y sólo alcancé a ver como el policía blandía su arma de servicio, y apuntaba. Y tú, tan atenta como siempre, notaste que miré hacia atrás, y me empujaste hacia un lado. En eso, se oyó un estruendo, y mi vista se cubrió de rojo. Caí al suelo, pero no sentí dolor.

El problema: tu también caíste.

El oficial se acercó, y antes de que pudiera preguntar qué había sucedido, me lanzé sobre él, lo derribé, y golpeé su cabeza contra el suelo. Así, otra mancha roja, pero un peligro menos. A esas alturas, ya tenía nada que perder. Me fui a tu lado, y sólo entonces descubrí de dónde provenía la otra mancha roja. Estabas cubierta de sangre, de tu torso emanaban litros, que iban a dar al cemento. Me miraste, y sonreíste. Sabías que amaba tu sonrisa.

"Sé fuerte, por ambos. Sé fuerte..."

Tus últimas palabras, las bendigo y las maldigo. Te tomé en mis brazos, te traté de mover, pero una vez proferida la última sílaba, tus ojos se cerraron para siempre. Y pronto, la salada sangre se mezcló con mis lágrimas. Era un peso que no podría cargar.

Tus palabras sonaban en mi mente cada puto día, cada maldito momento. Debía ser fuerte por ambos. Pero, no podía. No pude ser fuerte cuando, cubierto de vómito, me quedé dormido en la calle luego de haberme emborrachado. No pude ser fuerte cuando robé a una señora indefensa para pagar una sepultura para tí. No pude ser fuerte cuando decidí enterrarte yo mismo, no fui capaz de arrojarte al pozo.
Y mucho menos fui capaz de ser fuerte cuando me encontré a punto de ahorcarme, parado sobre una silla, con el cuello en una soga. Y estaba a punto de patear la silla, cuando tus palabras volvieron a mí. Debía ser fuerte, por ambos. No podía, las lágrimas caían solas. Y entonces, pateé la silla. Quedé suspendido, y junto con tus palabras, el oxígeno abandonaba mi cuerpo... todo se fue a negro.

Desperté, y te vi de nuevo. ¿Estaba soñando? ¿Estaba muerto? Estaba en tu casa. Estabamos ahí, como siempre, sentados en el sillón de abajo. Con la puerta cerrada, y la música prendida. Tu polerón negro, mi camisa roja. Tu jeans con bolsillos de mentira, mi jeans con bolsillos reales. Tus zapatillas negras, mis converse azules. Tal y como dejamos todo, antes de partir.

Y ahí juramos sobreponernos ante todo, jamás dar la espalda.
Y prometimos jamás hacer una locura con tal de lograrlo.

Ahí prometimos ser fuertes, por ambos...
Y así lo seremos, lo sé.

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