19 may 2009

Paseo

Desperté de pronto, y el paisaje era abrumador. Suelo helado y cubierto de polvo, que se extendía por kilómetros, sin variar. Todo mi alrededor se notaba tan vacío como yo mismo... No sabía por qué estaba ahí, ni cuando llegué. Tomé nota del deplorable estado físico en que me encontraba, parecía como si llevara meses ahí tirado, en la más absoluta soledad. Estiré mis pálidos brazos, cubiertos de cortes y rasmillones, y me incorporé; de pie, pude apreciar con mayor claridad lo desolador del paraje en que me encontraba. Por inercia, empecé a caminar, hacia donde fuera... Eventualmente, llegaría a alguna parte. O por lo menos, eso quería creer. Miré la hora en mi reloj, y probablemente a causa del delirio, omití el detalle de que las manecillas giraban contrarreloj; eran las siete y veinticuatro, y disminuyendo cada segundo que pasaba.

Seguí caminando, mientras el amanecer se convertía en madrugada. El tiempo iba retrocediendo, y junto con él, mis ánimos y esperanzas. Después de largo rato de caminar, me fijé en la hora... eran las cinco y cuarto, y hasta ahora, ni asomo de algún refugio, o alimento. El frío y el miedo me hacían querer detener y recostar en el suelo; pero sabía que si lo hacía, sería una historia que no alcanzaría a contar. La desesperación me hizo resignar, y seguí caminando. Paso tras paso, iba adentrándome cada vez más en la nada... Hasta que dí un paso en falso, y el frío suelo dejó de existir. No supe cuánto tiempo caí antes de tocar fondo, ni qué altura... mucho antes, había perdido la conciencia.

Desperté por segunda vez, y nuevamente, no me gustó lo que vi.
Esta vez, estaba en un lugar oscuro, iluminado por focos de luz artificial; al fin había llegado a la civilización. Sentí que estaba tirado en el suelo húmedo, un charco de mi propia sangre. Traté de incorporarme, pero las fuerzas no me acompañaron. Levanté la cabeza, y pude divisar, entre borrones, un grupo de peronas que huían, aparentemente, de la fuerza pública. Al ver que las heridas que tenía me impidían mover el cuerpo, uno de los testigos del suceso se me acercó, atemorizado.
-"¿Se encuentra bien?", dijo con una voz impropia, como si lo hiciera por obligación, y no preocupación legítima. Respondí con otra interrogante.
-"Qué rayos me sucedió?", la voz apenas me obedeció a salir.
-"Lo atacaron unos pandilleros, se llevaron algunas de sus pertenencias y lo dejaron aquí." me respondió, con una frialdad increíble, ante los hechos. Lentamente, estiré un brazo hacia mi bolsillo; efectivamente, se habían llevado mis documentos, y lo poco y nada de dinero que llevaba. Lo único que me dejaron, aparte de la ropa, fue mi confiable reloj, que marcaba las tres y media, bajo una mancha de sangre.

Ya en el hosptal, me lo explicaron todo: Alguien me encontró cuando me desmayé, y me trajo a la ciudad. Un alma generosa, pero no lo suficiente. Ya que, me dejó tirado en medio de la ciudad, a merced de quien me encontrase. Como no portaba dinero, los médicos no me atendieron; saqué un par de vendas, y me las puse en el baño. Tomé un par de analgésicos, y salí rumbo a la calle. Revisé la hora, eran las dos. Y nuevamente estaba sin rumbo... me decidí a emprender alguno, pero algo captó mi atención...
Y por tercera vez en una noche, no me gustó lo que vi.
Pareciera como si el término de "ciudad" fuera tan sólo una convención, ya que a nadie parecía importarle lo que le pasara al prójimo. Mientras pasaba el tiempo, pude observar como robaban, golpeban, violaban y asesinaban gente, en plena vía pública... Pero esta "sociedad" no tenía tiempo para retrasos. Cada uno tenía sus propios problemas, y no tenía por qué complicarse con los de los demás... individualismo puro. Y también se podía ver que era un mundo superficial, lleno de estereotipos de "perfección", que rebosaban orgullo, pero pedían carisma a gritos... Como si fueran máquinas, cada uno manufacturado igual al de al lado.

El minutero se iba acercando a las doce, y sólo atiné a llorar y lamentar lo que fue este mundo... y esperar que las cosas cambiaran para mejor. Este mundo no tiene cabida para mi.
Finalmente, el reloj marcó medianoche, y el tiempo se detuvo por una fracción de segundo. Como si hubiera estado programado así, cerré los ojos.

Desperté nuevamente, en una cúpula de vidrio, llena de vapor. Se abrió una compuerta, y una figura alta entró. Me extendió su frío brazo metálico.
-"Y bien, ¿qué tal estuvo su paseo por el siglo ventiuno, señor Carroll?"
-"Terrible, me dio asco."

7 may 2009

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